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Día maldito en Juana Méndez entre el polvo

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Día maldito en Juana Méndez entre el polvo, la muerte y la espera de un milagro.

Por: Javier Genao.

WANAMENT, Haití.
El amanecer del martes fue distinto en el cruce de Limina. No hubo cantos de gallos, ni bullicio matutino. Solo un estruendo seco, como si el cielo hubiese caído sobre la tierra.

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Una vivienda, levantada con esfuerzo y losa de hormigón, se desplomó sin aviso, llevándose consigo tres vidas y dejando atrapadas a varias personas bajo toneladas de concreto.

Entre los escombros, la desesperación tiene nombre, rostro y lágrimas. “Escuchamos un ruido como de trueno. Luego, gritos. Corrimos, pero ya era tarde.

La casa estaba en el suelo”, cuenta Germina Pierre, vecino del sector, con la voz quebrada y las manos llenas de polvo.

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Los cuerpos de tres personas, sin vida, fueron extraídos mientras el aire aún se llena de gritos de auxilio y el silencio agudo de quienes ya no pueden pedirlo.

Nadie sabe con certeza cuántas personas siguen atrapadas. Lo único que se sabe es que hay madres buscando a sus hijos, hombres removiendo piedras con las manos y niños que lloran sin entender.

Un agente de Protección Civil, cubierto de sudor y cemento, dijo: “No podemos levantar la losa sin maquinaria. Hacemos lo que podemos con lo que tenemos”. Y eso no es mucho. No hay grúas, no hay luces, no hay especialistas. Solo fe, rabia y manos desnudas.

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Las autoridades de la Policía Nacional, la Protección Civil y la Brigada de Seguridad de Áreas Protegidas (BSAP) siguen en el lugar, luchando contra el tiempo. Pero la tragedia ya ha dejado una marca indeleble.

En un rincón, una mujer abraza una fotografía. No habla. Solo mira el polvo que cubre el suelo donde antes hubo una casa y una familia. El olor a concreto roto, la tensión en el aire y el sol que no perdona forman parte del escenario desgarrador.

Esta catástrofe no es solo producto del azar. Es también consecuencia de la pobreza, de la falta de supervisión técnica, del olvido sistemático. En Wanament, construir una casa es jugar a la ruleta con la vida.

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Hoy, esta comunidad fronteriza no pide mucho. Solo herramientas, atención y respeto por sus muertos. Porque bajo esa losa no solo hay cuerpos: hay sueños, hay historias, hay amor sepultado.

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